En los últimos años, las baterías de estado sólido han sido objeto de gran atención por parte de los medios de comunicación y la industria tecnológica. Se las presenta como la próxima gran revolución en el almacenamiento de energía, con promesas de mayor capacidad, mayor vida útil y tiempos de carga más rápidos. Sin embargo, a pesar del entusiasmo que generan, es importante mantener una perspectiva realista sobre su desarrollo y potencial.

A diferencia de las baterías de iones de litio tradicionales, que utilizan un electrolito líquido, las baterías de estado sólido emplean un electrolito sólido. Este cambio permite una mayor densidad de energía, lo que significa que pueden almacenar más energía en el mismo espacio. Además, las baterías de estado sólido son más seguras, ya que eliminan el riesgo de fugas o incendios, y se recargan en menos tiempo.

Y de ahí viene el entusiasmo de muchas publicaciones, pues las baterías de estado sólido tienen el potencial de transformar una amplia gama de industrias, desde los vehículos eléctricos hasta los dispositivos electrónicos portátiles. Si se cumplen las promesas, podrían permitir vehículos eléctricos con mayor autonomía, teléfonos inteligentes que duren varios días con una sola carga y otros dispositivos electrónicos más eficientes y duraderos.

Pero sucederá en un posible futuro, pues el presente de estas baterías aún está lejos de ser una realidad comercial. Su fabricación y características deben ser ampliamente validadas antes de que puedan ser producidas a gran escala. Cuando entren en fabricación, aparecerán multitud de problemas técnicos que deberán ser abordados, y que llevaran años para ser resueltos.

Los retos actuales de las baterías de estado sólido se pueden resumir en cuatro:  su funcionamiento, su costo, su durabilidad, y el impacto ambiental.

Su funcionamiento y operatividad debe de ser comprobado durante mucho tiempo y en diversas condiciones extremas, para que el fabricante que ofrezca el coche pueda garantizar su producto.

Igual sucede con el costo. Actualmente estas baterías son más caras, y habrá que mejorar mucho los procesos productivos para que sus precios sean inferiores a los de las baterías actuales.

Lo mismo pasa con la duración de la vida de la batería. Se debe de comprobar de manera fiable que en efecto sus ciclos de carga y descarga en todas las condiciones cumplen con las garantías de los fabricantes.

 Y finalmente, aunque igual de importante, que el impacto ambiental que generan su fabricación y su reciclaje, es asumible y sostenible.

He trabajado muchos años en labores de fabricación, y conozco de primera mano las dificultades para poner un producto en una fabricación seriada, y garantizando las especificaciones del producto.

Es probable que las baterías de estado sólido comiencen a llegar al mercado en los próximos años, inicialmente en aplicaciones de nicho donde la alta densidad de energía y la seguridad son cruciales. A medida que la tecnología madure y los costos se reduzcan, podrían convertirse en la tecnología dominante para el almacenamiento de energía en una amplia gama de dispositivos.

En resumen, las baterías de estado sólido tienen un enorme potencial para revolucionar el almacenamiento de energía. Sin embargo, es importante ser realistas sobre su desarrollo y no dejarse llevar por el “hype” de las noticias. Aún hay muchos desafíos que superar antes de que las baterías de estado sólido estén ampliamente disponibles. No obstante, el avance de la investigación y la inversión en esta tecnología son prometedores y auguran un futuro brillante para el almacenamiento de este tipo de energía.

Espero que tengamos esas baterías en el mercado lo antes posible, pero creo que aun han de pasar del orden de 5 años. Ojalá me equivoque y lo consigan antes.

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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