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Durante muchos años hemos pensado que Internet era una gran herramienta puesta a nuestro servicio. Creíamos que éramos usuarios libres, capaces de decidir qué ver, qué comprar o con quién relacionarnos. Sin embargo, la realidad actual es bastante más compleja. Quizá ya no seamos simplemente usuarios o clientes. En cierto modo, nos hemos convertido simplemente en generadores permanentes de datos.

Cada vez que hacemos una búsqueda, damos un «me gusta», vemos un vídeo, compartimos una fotografía o permanecemos unos segundos más frente a una publicación, estamos dejando un rastro digital. Ese rastro tiene un enorme valor económico. Los datos son el combustible de la economía digital y permiten conocer nuestros gustos, hábitos, emociones e incluso anticipar algunas de nuestras decisiones.

Las grandes plataformas digitales no obtienen beneficios únicamente por ofrecer un servicio. Su verdadero negocio consiste en recopilar, analizar y utilizar la inmensa cantidad de datos que generamos. Cuanto más tiempo permanecemos conectados, más información obtienen sobre nosotros y mayor es el valor de esos datos para la publicidad personalizada, la inteligencia artificial y otras aplicaciones comerciales.

Por eso, los algoritmos están diseñados para mantener nuestra atención el mayor tiempo posible. No buscan necesariamente que estemos mejor informados, sino que permanezcamos dentro de la plataforma. Cada recomendación, cada vídeo sugerido o cada noticia que aparece en nuestra pantalla responde a modelos matemáticos entrenados para captar nuestro interés y evitar que abandonemos la aplicación.

El resultado es un círculo muy difícil de romper. Cuanto más interactuamos, más datos generamos. Cuantos más datos generamos, mejor nos conocen los algoritmos. Y cuanto mejor nos conocen, más eficaces son las recomendaciones que recibimos para seguir conectados.

Diversos estudios sobre comportamiento digital y economía de la atención muestran que las plataformas compiten por un recurso muy limitado: nuestro tiempo. La atención se ha convertido en uno de los bienes más valiosos del siglo XXI. No es casualidad que muchas personas consulten el teléfono móvil decenas o incluso cientos de veces al día, en la mayoría de las veces sin una necesidad real. La notificación, el sonido o la vibración funcionan como pequeños estímulos que nos invitan a volver una y otra vez.

Basta observar cualquier estación de metro, un autobús, una cafetería o una sala de espera. La mayoría de las personas tienen la vista fija en la pantalla del móvil. Incluso caminando por la calle es frecuente ver a personas completamente absortas en su dispositivo. Todos parecen estar entretenidos, pero al mismo tiempo todos están alimentando el enorme sistema de datos que sostiene el negocio digital.

Esta dinámica también tiene consecuencias sociales. Cuando gran parte de la información que recibimos es seleccionada por algoritmos, existe el riesgo de que nuestras opiniones se vayan pareciendo cada vez más a las de quienes reciben contenidos similares. Además, grupos con gran capacidad tecnológica pueden utilizar herramientas automatizadas, como redes de bots o campañas coordinadas, para amplificar determinados mensajes e influir en la conversación pública y en modificar nuestra opinión y nuestro comportamiento.

Todo ello hace que cada vez resulte más importante desarrollar un pensamiento crítico. No se trata de demonizar la tecnología, que ofrece ventajas extraordinarias en educación, comunicación o acceso al conocimiento. Se trata de comprender cómo funciona para utilizarla nosotros a ella, y no permitir que sea ella quien termine utilizando nuestro tiempo, nuestra atención y nuestra manera de actuar.

Algunas personas proponen volver a utilizar teléfonos sencillos, los llamados «teléfonos tontos». Puede ser una opción interesante para determinados perfiles, pero probablemente no sea necesario llegar tan lejos. Existe una alternativa mucho más sencilla: reducir el uso de las redes sociales y recuperar el control sobre nuestros momentos de desconexión.

Una medida tan simple como activar el modo avión durante buena parte del día o consultar las aplicaciones únicamente cada tres o cuatro horas puede disminuir de forma notable la dependencia de las notificaciones. En la mayoría de los casos, nada verdaderamente urgente necesita una respuesta inmediata. Somos nosotros quienes hemos terminado aceptando una disponibilidad permanente que rara vez resulta imprescindible. Debemos recuperar tiempo para conversar, leer, pasear o simplemente pensar sin interrupciones. Puede parecer un pequeño gesto, pero supone recuperar una parte importante de nuestra autonomía. Porque el verdadero lujo del futuro quizá no sea disponer de más tecnología, sino ser capaces de decidir cuándo queremos utilizarla y cuándo preferimos vivir al margen de ella.

Cada persona elegirá su propio equilibrio. Lo importante es hacerlo de forma consciente. Porque, mientras creemos que solo estamos navegando por Internet, quizá lo que realmente estamos haciendo sea alimentar una maquinaria que conoce cada día un poco más sobre nosotros, para dominarnos mejor.

Cada cual puede hacer lo que quiera y debe de tomar su propia opción de manera consciente.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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