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Hablamos constantemente de inteligencia artificial en el móvil, en el coche o en el trabajo. Pero hay un vehículo mucho más «humilde» que también se está transformando a toda velocidad: la bicicleta. Ya no es solo cuestión de ruedas y pedales. Cada vez más modelos incorporan motor eléctrico, sensores, cámaras y algoritmos que ayudan al ciclista antes, durante y después de cada trayecto.
Las bicicletas eléctricas han dejado de ser un capricho caro. Hoy su precio está al alcance de muchos bolsillos, y la ventaja es evidente: un pedaleo asistido que hace mucho más llevaderas las cuestas y las distancias largas.
Pero la novedad va más allá del simple motor. Algunos sistemas ya aplican inteligencia artificial para ajustar la asistencia en tiempo real según la resistencia que encuentra el ciclista al pedalear, logrando una conducción más suave y natural, casi como si la bici «leyera» el esfuerzo de quien la monta.
El salto más llamativo lo están dando algunas empresas como Canyon, fabricante alemán que ha presentado un prototipo llamado Predict. Se trata de una bicicleta equipada con cámaras de visión de 360 grados, radares y sensores de movimiento que analizan el entorno en tiempo real para avisar de riesgos antes de que el ciclista los perciba.
El sistema procesa toda la información directamente en la propia bici (lo que se conoce como edge AI), sin depender de internet, lo que reduce el tiempo de respuesta y protege la privacidad. En situaciones críticas, incluso puede bajar automáticamente la altura del sillín para mejorar la estabilidad antes de una posible caída.

Puedes conocer más sobre estos desarrollos en la web de la compañía: www.canyon.com
Además, también hay empresas que complementan las bicicletas con un casco inteligente, que proyecta avisos y datos de navegación directamente en el campo de visión del ciclista, sin necesidad de mirar ninguna pantalla.
Pero aquí está la paradoja. Con tanta innovación disponible, cabría esperar un boom del uso de la bicicleta en las ciudades. Y sin embargo, el crecimiento sigue siendo apenas existente, y su uso muy moderado.
La razón principal no es tecnológica, sino urbanística: faltan carriles bici seguros y bien conectados. Madrid es un buen ejemplo. Pese a haber superado ya los 1.100 kilómetros de infraestructura ciclista, buena parte de esa red son ciclocarriles compartidos con el tráfico, no carriles realmente segregados, y sigue siendo una de las ciudades peor posicionadas en este terreno si se compara con la superficie total de sus vías.
El propio sistema público BiciMAD, ya totalmente eléctrico, ha multiplicado sus viajes en los últimos años gracias precisamente a la asistencia eléctrica, lo que demuestra que la tecnología sí funciona como incentivo, pero muchísimo más si se combinase con condiciones más seguras.
Falta la pieza clave: infraestructura. Ni la IA más avanzada ni el casco más futurista sustituyen a un carril protegido. Mientras compartir calzada con el tráfico siga siendo la norma en muchas ciudades, buena parte de la población seguirá sin atreverse a coger la bicicleta a diario.
La tecnología ya está lista. Ahora falta que nuestras ciudades también lo estén. ¿Lo veremos algún día?