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Cuando George Orwell escribió la novela 1984 imaginó un mundo dominado por un poder central que vigilaba constantemente a los ciudadanos. El famoso “Gran Hermano” era un sistema de control gestionado por el Estado, con recursos casi ilimitados y una maquinaria burocrática gigantesca.

Sin embargo, hay algo que Orwell difícilmente habría podido prever: que décadas después buena parte de esa vigilancia no la realizarían los gobiernos… sino empresas privadas, algoritmos y dispositivos conectados, a un coste sorprendentemente bajo y con enormes beneficios económicos.

La vigilancia sigue evolucionando, aunque muchas veces ni siquiera seamos conscientes de ello. La cámara en la puerta: es comodidad y es vigilancia.

Hoy en día es muy habitual encontrar cámaras inteligentes en la entrada de muchas viviendas. Estos dispositivos permiten ver desde el móvil quién llama al timbre, quién se acerca a la puerta o incluso hablar con la persona en tiempo real.

Uno de los ejemplos más conocidos es el sistema Amazon Ring, desarrollado por la empresa Amazon. Este tipo de dispositivos se venden como herramientas de seguridad doméstica: ayudan a prevenir robos, vigilar paquetes o simplemente controlar quién se acerca a nuestra casa.

Pero hay un detalle importante: la cámara no solo ve a quien llama al timbre, también captura a cualquier persona que pase por delante. Y esa información, además de verla el propietario del dispositivo, también puede ser gestionada por la empresa que proporciona el servicio.

Hace unas cuantas semanas Amazon lanzó en Estados Unidos un programa experimental llamado Search Party. La idea parecía inocente: utilizar las cámaras Ring y sistemas de inteligencia artificial para localizar mascotas perdidas.

Para lograrlo, el sistema debía analizar las imágenes captadas por miles de cámaras instaladas en viviendas particulares. La inteligencia artificial detectaría animales que coincidieran con las características de una mascota desaparecida.

El problema era evidente. Para encontrar a una mascota, había que analizar absolutamente todo lo que pasara delante de esas cámaras: personas, vecinos, peatones, repartidores o cualquier ciudadano que simplemente caminara por la calle.

La iniciativa generó una fuerte controversia sobre privacidad y vigilancia masiva, ya que en la práctica se estaba construyendo una enorme red de monitorización privada.

Finalmente, pocas semanas después, Amazon decidió cancelar el programa, pero el debate ya estaba abierto.

Durante décadas, las actividades de vigilancia y recopilación de información —lo que tradicionalmente se conoce como “inteligencia”— eran casi exclusivamente responsabilidad de los gobiernos. Cada país tenía sus agencias, sus protocolos y sus límites legales (al menos en teoría) basados en el interés nacional.

Hoy el panorama es muy diferente. Las grandes empresas tecnológicas poseen más datos, más sensores y más capacidad analítica que muchos estados.

Disponen de información sobre:

. dónde estamos

. qué compramos

. con quién hablamos

. qué rutas seguimos

. qué páginas visitamos

Y así podríamos seguir …

En muchos casos, esta información se analiza, empaqueta y vende como servicio. De hecho, los gobiernos ya compran a empresas privadas herramientas de:

. reconocimiento facial

. análisis de comportamiento

. monitorización de redes sociales

. ciberseguridad y ciberataques

En otras palabras: la inteligencia se ha convertido en un mercado. Un negocio enorme… y casi invisible. La economía de los datos es uno de los sectores de mayor crecimiento del mundo digital.

Para muchas empresas tecnológicas, los datos personales son el activo más valioso. Y la mayoría de las personas ni siquiera es plenamente consciente de cuánto se recopila sobre su vida cotidiana.

Cada aplicación gratuita, cada dispositivo inteligente, cada cámara conectada o cada asistente virtual genera información que puede convertirse en un producto comercial.

Así, nuestra privacidad se ha transformado poco a poco en una mercancía dentro de una industria global multimillonaria.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos?

La realidad es que los ciudadanos de a pie tenemos poco margen de acción individual frente a esta tendencia.

Podemos tomar pequeñas decisiones: revisar permisos de aplicaciones, limitar lo que compartimos o elegir servicios más respetuosos con la privacidad. Pero el problema es estructural.

La verdadera protección solo puede venir de normativas claras y obligatorias que limiten el uso de los datos personales y controlen cómo las empresas recopilan y comercializan esa información.

Es responsabilidad de los gobiernos establecer esas reglas y asegurarse de que se cumplen. Y hacerlo de manera urgente, cosa que hoy no hacen.

El gran dilema es: comodidad o privacidad. Pues hemos de reconocer que existe un factor difícil de ignorar: la comodidad.

Las aplicaciones gratuitas, los asistentes digitales, las cámaras inteligentes o los servicios personalizados hacen nuestra vida más fácil. Y muchas personas aceptan el intercambio de datos a cambio de esos beneficios.

Ese es el verdadero dilema de la sociedad digital. Queremos tecnología que nos simplifique la vida… pero cada avance suele venir acompañado de un nuevo nivel de vigilancia.

La vigilancia del futuro está claro que no se parecerá al Gran Hermano imaginado por Orwell. No tendrá un único rostro ni un único centro de poder.

Será mucho más difusa. Y precisamente por eso, mucho más difícil de percibir.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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