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La inteligencia artificial está transformando el mundo laboral a una velocidad que nos cuesta asimilar. Y no siempre en la dirección que nos habían prometido.

El ejemplo más reciente y llamativo lo protagoniza Meta. El 21 de abril de 2026, Reuters desveló que Meta había desplegado silenciosamente un software de monitorización en los ordenadores portátiles de sus empleados en Estados Unidos, capturando cada pulsación de teclado, movimiento de ratón, clic y capturas de pantalla periódicas mientras trabajan en cientos de webs y aplicaciones.

El programa se llama internamente Model Capability Initiative (MCI). La empresa afirma que estos datos se usan únicamente para entrenar modelos de IA, y no para evaluar el rendimiento de los empleados. Pero hay un detalle que lo dice todo: no existe opción de desactivarlo. Y los empleados europeos están exentos… porque el GDPR no lo permite.

La pregunta es inevitable: si no hay nada malo en ello, ¿por qué en Europa no se puede hacer?

Lo que hace aún más perturbador el caso Meta es el contexto. La empresa despidió a 8.000 empleados la misma semana en que se comenzó a desplegar este programa de seguimiento. Recortes masivos y control absoluto simultáneamente. Difícil no relacionar ambas cosas.

Y Meta no está sola. Grandes empresas han ampliado la vigilancia digital de sus trabajadores, pasando del registro básico de seguridad al análisis continuo de pulsaciones, uso de aplicaciones, patrones de mensajería interna e incluso movimientos físicos dentro de las oficinas.

La IA se está usando como excusa y como herramienta de presión. Seamos claros: la IA puede ser una herramienta extraordinaria. Puede ayudar a los trabajadores a ser más eficientes, a tomar mejores decisiones y a liberarse de tareas repetitivas. Pero eso requiere una cosa fundamental: que la empresa quiera genuinamente que sus empleados prosperen.

Cuando el único objetivo es exprimir productividad y justificar despidos ante los accionistas, la IA se convierte en algo muy distinto: en un supervisor que nunca duerme, que no tiene empatía y que mide todo con frialdad matemática.

Este modelo está generando un debate intenso entre expertos. Los trabajadores, que antes eran atraídos por la flexibilidad y la cultura creativa de las grandes tecnológicas, ahora se encuentran bajo microscopios digitales. El resultado no es difícil de imaginar: desconfianza, desmotivación y talento que se marcha.

Los que hemos trabajado durante décadas en el mundo de la empresa, y en especial los que hemos asumido responsabilidades directivas lo sabemos muy bien. Los equipos comprometidos no se construyen con vigilancia, se construyen con confianza, reconocimiento y propósito. Un trabajador que siente que se le respeta da mucho más de sí mismo que uno que siente que le espían.

Las empresas que han sobrevivido a crisis, disrupciones tecnológicas y cambios de mercado no lo han hecho porque tenían el mejor software de control. Lo han hecho porque tenían personas motivadas dispuestas a adaptarse y a buscar soluciones.

La buena noticia es que hay empresas que están usando la IA de manera responsable: para reducir la carga burocrática, para mejorar la formación interna, para anticipar necesidades de los clientes. Empresas donde la IA trabaja con las personas, no contra ellas. Ese es el modelo que debería ser la norma. No el control, sino la colaboración. No la vigilancia, sino la confianza aumentada con tecnología.

La IA es tan buena o tan mala como las intenciones de quienes la utilizan. Y las empresas que solo ven a sus empleados como datos que optimizar acabarán pagando un precio: el del talento que se va, el del compromiso que se apaga y el de una cultura que se rompe desde dentro.

El camino de la explotación tecnológica no lleva lejos. Nunca lo ha hecho.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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