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Hace apenas cinco años, la industria de la aviación comercial lanzó un mensaje que sonaba esperanzador. Aerolíneas, fabricantes, aeropuertos y organismos internacionales se comprometían a alcanzar las emisiones netas cero en 2050, el conocido objetivo de Net Zero.
La promesa parecía clara: el 65% de la reducción de emisiones vendría gracias al uso masivo de combustibles sostenibles para la aviación, conocidos como SAF (Sustainable Aviation Fuel), mientras que el resto se compensaría mediante programas internacionales de comercio de emisiones y otras medidas de mitigación. Sin embargo, la realidad ha comenzado a desmontar aquel optimismo.
En la reunión anual de la IATA celebrada recientemente en Río de Janeiro, su director general, Willie Walsh, reconoció públicamente que el camino hacia el objetivo de 2050 se está complicando seriamente. Según los datos presentados por la propia organización, para cumplir los compromisos climáticos sería necesario disponer de unos 500 millones de toneladas de SAF en 2050. Sin embargo, la producción mundial prevista para este año apenas alcanzará 2,4 millones de toneladas, lo que representa solamente el 0,8% del combustible utilizado por la aviación comercial.
La diferencia entre lo necesario y lo realmente disponible es gigantesca. Walsh ha señalado a gobiernos, productores energéticos y otros actores de la cadena de suministro por no haber impulsado suficientemente la producción de combustibles sostenibles. En cierto modo, viene a decir que muchos de los compromisos anunciados hace unos años se han quedado en declaraciones de buenas intenciones.
Pero la cuestión de fondo es más incómoda.
¿Era realmente realista pensar que el mundo sería capaz de producir semejante cantidad de combustible sostenible mientras el tráfico aéreo sigue creciendo año tras año? Muchos expertos llevan tiempo advirtiendo que la disponibilidad de materias primas, las inversiones necesarias y los costes de producción hacen extremadamente difícil alcanzar esas cifras.

Además, el SAF sigue siendo significativamente más caro que el queroseno convencional, lo que limita su expansión y obliga a depender de ayudas públicas e incentivos gubernamentales para impulsar su desarrollo.
La aviación desempeña un papel importante en la economía mundial. Facilita el comercio internacional, conecta territorios y genera millones de empleos. Nadie discute esa realidad.
Sin embargo, también es cierto que una gran parte de los vuelos actuales responde a actividades de ocio y turismo. Se trata de desplazamientos que generan beneficios económicos inmediatos, pero que tienen un impacto ambiental considerable.
Aquí aparece una contradicción que rara vez se aborda con claridad: perseguimos un crecimiento continuo del transporte aéreo mientras intentamos reducir drásticamente sus emisiones. Ambas cosas pueden resultar incompatibles si la tecnología no avanza al ritmo necesario.
Por eso cada vez son más las voces que consideran que los combustibles sostenibles se han utilizado, al menos en parte, como una herramienta para tranquilizar a consumidores e inversores, lo que se llama “green washing”. Una forma de transmitir la sensación de que existe una solución tecnológica a la vuelta de la esquina, cuando la realidad demuestra que dicha solución todavía está muy lejos de desplegarse a gran escala.
Lo más llamativo es que ahora, apenas cinco años después de anunciar aquellos ambiciosos objetivos, algunas de las mismas organizaciones que los promovieron reconocen que probablemente no eran tan realistas como parecían.
Mientras tanto, el planeta sigue enviando señales inequívocas. Las olas de calor son cada vez más frecuentes, los récords de temperatura continúan cayendo y las concentraciones atmosféricas de CO₂ siguen aumentando.
La crisis climática no entiende de calendarios políticos ni de estrategias empresariales. Sin embargo, muchas decisiones importantes siguen posponiéndose porque implican costes económicos o electorales a corto plazo.
Quizá la principal lección de esta situación sea que los objetivos climáticos deben ir acompañados de planes realistas, inversiones concretas y mecanismos de seguimiento rigurosos. De lo contrario, corremos el riesgo de convertir las grandes promesas en simples ejercicios de comunicación.
Y el tiempo, precisamente, es el recurso que menos nos sobra.