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Imagina construir un estadio de fútbol con capacidad para 80.000 personas y que solo entren 4.000 en cada partido. Así, más o menos, es lo que está pasando con los centros de datos más avanzados del mundo.
Las grandes tecnológicas están invirtiendo cantidades históricas en infraestructura. Se espera que el gasto en capital de los grandes hiperespecialistas de EE.UU. suba de 387.000 millones de dólares en 2024 a nada menos que 700.000 millones en 2026. Nombres como Amazon, Microsoft, Meta o Alphabet están endeudándose para financiar una carrera que nadie parece querer perder.
El problema es que los datos no acompañan esa euforia, y hay unos números que nadie quiere publicitar.
La empresa Cast AI, especializada en optimización de infraestructura cloud, publica anualmente un informe sobre el estado real del uso de los recursos en centros de datos. Y los resultados son, cuando menos, llamativos.
Según su edición de 2026, la utilización media de las GPU —los chips más caros y codiciados del mercado— no supera el 5%. Las CPU apenas alcanzan el 8% de uso. Y la memoria, con un 20%, resulta ser el recurso mejor aprovechado del lote.
Dicho de otra forma: el 92% de la capacidad de cómputo instalada está, en promedio, ociosa. Esto es muy fuerte.
¿Por qué se sigue invirtiendo entonces? La respuesta corta es: miedo. Miedo a quedarse fuera. Analistas de Morgan Stanley advierten que las empresas tecnológicas se han endeudado enormemente para financiar su expansión en IA, con un riesgo real de burbuja comparable al de la fibra óptica en los años 90.

Existe también un argumento estratégico de fondo: quien no construya hoy, no podrá competir mañana. La energía, el suelo, los permisos de conexión a la red eléctrica y la experiencia operativa son barreras de entrada muy difíciles de replicar una vez que otros se han adelantado. En ese sentido, construir en exceso puede interpretarse no como un error, sino como una apuesta por el control de recursos escasos.
Los paralelismos con la burbuja de las telecomunicaciones de finales de los 90 son llamativos: endeudamiento masivo para construir infraestructura basada en proyecciones de crecimiento exponencial, con la narrativa de la ventaja del pionero como motor principal. Entonces fueron los cables de fibra óptica; ahora son los racks de GPU.
Y sin embargo, hay quienes recuerdan que toda aquella fibra óptica «desperdiciada» en los años 90 acabó siendo la columna vertebral de internet tal como la conocemos hoy.
Más allá del debate financiero, hay una consecuencia difícil de ignorar: el impacto medioambiental. Se estima que entre 2026 y 2030 saldrán al mercado unos 100 gigavatios de nueva capacidad de centros de datos, lo que equivale a crear en cinco años un sector que doble su tamaño actual. Todo eso necesita electricidad, agua y suelo, en cantidades colosales.
¿Cuándo y cómo termina esto? Nadie lo sabe con certeza. Los análisis académicos anticipan una «fase de turbulencia» de tres a cuatro años, seguida de una estabilización pasado 2030, cuando los modelos de IA maduren y la demanda real de inferencia justifique las infraestructuras instaladas.
Lo que sí parece claro es que estamos en un ciclo clásico de sobreinversión especulativa. Puede que los más listos estén viendo algo que nosotros no vemos. O puede que simplemente nadie quiera ser el último en salir de la fiesta.
Veremos lo que nos trae el tiempo.