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Durante años, la desaparición del soporte físico parecía una posibilidad lejana. Sin embargo, la realidad ha terminado imponiéndose. Cada vez que necesitamos un programa, un videojuego o una aplicación, lo más habitual es adquirirlo por Internet y descargarlo en cuestión de minutos. Lo que antes era una alternativa cómoda se ha convertido en la norma.

Era una muerte anunciada. Hace apenas unos años todavía era habitual encontrar estanterías repletas de programas y videojuegos en las tiendas de informática. Hoy, en cambio, esos espacios han ido desapareciendo. Personalmente, en los dos últimos años he visto cerrar dos establecimientos especializados en la venta de juegos para ordenador, una muestra más de que el mercado ha cambiado para siempre.

El golpe definitivo ha llegado con el reciente anuncio de Sony: a partir de enero de 2028, todos los nuevos videojuegos para PlayStation se distribuirán exclusivamente en formato digital, abandonando definitivamente el disco físico. La compañía justifica esta decisión por el cambio en los hábitos de consumo, ya que más del 80 % de las compras de juegos ya se realizan mediante descarga digital. Todo apunta a que otros fabricantes seguirán exactamente el mismo camino.

A primera vista podría parecer un cambio lógico. Las descargas son rápidas, cómodas y evitan desplazamientos. Sin embargo, detrás de esa comodidad existe una cuestión mucho más importante: la propiedad.

Cuando comprábamos un programa en un CD o DVD, ese producto era realmente nuestro. Podíamos instalarlo, guardarlo, prestarlo o incluso venderlo de segunda mano. El soporte físico representaba una propiedad tangible que nadie podía retirarnos.

Hoy la situación es muy distinta. En realidad, ya no compramos el programa, sino una licencia de uso. Es decir, el fabricante nos concede permiso para utilizar ese software bajo determinadas condiciones. Esa licencia puede estar limitada a un único equipo, exigir conexión permanente a Internet o depender de que los servidores de la empresa continúen funcionando.

En otras palabras, ya no somos propietarios absolutos de aquello por lo que hemos pagado. El vendedor puede controlar desde la distancia dónde utilizamos el programa, impedir su instalación en otro dispositivo o incluso modificar las condiciones de uso con una simple actualización. Técnicamente seguimos teniendo acceso al software, pero el control ya no está completamente en nuestras manos.

Este modelo ofrece ventajas para las empresas, ya que reduce la piratería, facilita las actualizaciones y elimina los costes de fabricación y distribución. Sin embargo, también concentra mucho más poder en manos de los fabricantes y limita derechos que durante décadas los consumidores considerábamos normales.

Quizá el aspecto más preocupante sea que este cambio ha llegado de forma gradual. Poco a poco hemos aceptado nuevas condiciones de uso, cuentas obligatorias, activaciones online y licencias digitales sin apenas cuestionarlas. La comodidad ha terminado pesando más que la propiedad.

Es cierto que la tecnología evoluciona y que muchas transformaciones son inevitables. Pero también conviene preguntarse si todos estos cambios benefician realmente al usuario o si, por el contrario, estamos renunciando a derechos que antes dábamos por garantizados.

El soporte físico desaparecerá tarde o temprano. Eso parece inevitable. Lo que todavía está por decidir es si, en ese futuro completamente digital, seguiremos siendo verdaderos dueños de lo que compramos o simplemente usuarios temporales de una licencia que otro controla.

Y esto sirve para casi cualquier compra. Por ejemplo un coche. Con las actualizaciones on-line del fabricante puede controlar parte de lo que hagamos, e incluso pedir un pago por un “servicio extra”. En ese caso el coche ya no es solo nuestro. Ojo con lo que se nos viene encima !

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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