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Cada vez es más habitual hablar de automatización, inteligencia artificial y robots capaces de realizar tareas que hasta ahora hacían las personas. Uno de los sectores que está experimentando esta transformación es el reparto de mercancías.

Las grandes empresas buscan reducir costes y hacer más eficientes sus entregas. Y, para conseguirlo, los pequeños robots repartidores están empezando a ocupar un espacio que hasta ahora parecía reservado exclusivamente a los peatones: las aceras.

Son pequeños vehículos eléctricos, normalmente equipados con cámaras, sensores, GPS, radar y sistemas de inteligencia artificial. Pueden reconocer obstáculos, detenerse, modificar su trayectoria y desplazarse de forma autónoma hasta el domicilio del cliente.

La tecnología resulta sorprendente. Pero una cosa es que una tecnología funcione y otra muy diferente que sea conveniente utilizarla en nuestras ciudades.

El principal problema aparece cuando estos robots tienen que circular por espacios diseñados para caminar. Una acera no es una carretera. Es un espacio pensado fundamentalmente para las personas, y además debe ser accesible para niños, personas mayores, usuarios de sillas de ruedas, personas con discapacidad visual o quienes simplemente quieren caminar tranquilamente.

¿Qué sucede cuando empiezan a circular numerosos robots por ese mismo espacio? Los problemas son fáciles de imaginar. Un robot puede detenerse, encontrarse con un obstáculo, cruzarse con otro robot o necesitar que un peatón se aparte para continuar su recorrido. Si hay varios funcionando simultáneamente, la situación puede complicarse todavía más.

Y aquí aparece una pregunta sencilla: ¿quién debe tener prioridad en la acera, la persona que camina o la máquina que realiza una entrega comercial?

También hay un problema de privacidad. Estos robots necesitan “ver” lo que sucede a su alrededor. Para ello utilizan cámaras y diferentes sensores que les permiten orientarse y detectar obstáculos. Pero esas cámaras pueden captar imágenes de personas que simplemente están paseando por la calle.

Y aunque la tecnología pueda aplicar sistemas para proteger la privacidad, la preocupación es legítima. ¿Quién almacena esas imágenes? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Para qué se utilizan? ¿Quién puede acceder a ellas?

Cuando una empresa privada coloca numerosos dispositivos equipados con cámaras en las calles, la sociedad tiene derecho a conocer con claridad qué información están recogiendo.

La expansión no es una posibilidad lejana. Empezaron en USA y en China, y en el Reino Unido, por ejemplo, estos robots ya funcionan en distintas ciudades, mientras el Gobierno estudia cómo establecer una regulación específica.

Algunos operadores han realizado millones de entregas y defienden que estos sistemas pueden facilitar la distribución de alimentos y pequeños paquetes, reducir desplazamientos de vehículos y ofrecer un servicio especialmente útil para determinadas personas.

Pero también han surgido críticas relacionadas con la accesibilidad, la seguridad y el uso de las aceras. Incluso algunas ciudades de Estados Unidos y Canadá han restringido o prohibido su utilización después de experiencias problemáticas.

Y no debemos olvidar otro aspecto: cuando una tecnología genera rechazo social, pueden aparecer actos de vandalismo contra los robots. Evidentemente, destruirlos o dañarlos nunca es una solución. Si existe descontento, debe expresarse mediante los cauces adecuados.

¿Tenemos que aceptar cualquier innovación? Aquí está, en mi opinión, la cuestión fundamental. Que algo sea técnicamente posible no significa que debamos utilizarlo en cualquier lugar.

Las empresas tienen derecho a buscar nuevas formas de hacer sus negocios. Pero las ciudades pertenecen a todos y sus espacios públicos deben diseñarse pensando primero en las personas. Si para conseguir una entrega ligeramente más barata tenemos que compartir continuamente nuestras aceras con máquinas, quizá deberíamos preguntarnos si estamos ahorrando dinero a costa de nuestra calidad de vida.

Existen otras posibilidades: puntos de recogida, taquillas inteligentes, pequeños centros logísticos urbanos o sistemas de reparto que utilicen calzadas dedicadas y no las zonas peatonales. Probablemente algunas de estas soluciones sean más caras. Pero quizá ese sea precisamente el precio de vivir en ciudades cómodas, accesibles y pensadas para las personas.

La tecnología debe ayudarnos a vivir mejor, no obligarnos a apartarnos para dejarle paso. Porque si algún día nuestras calles están llenas de robots, patinetes, bicicletas, y otros dispositivos, tendremos que recordar algo muy sencillo: las aceras se construyeron para que caminemos las personas. Y quizá no deberíamos convertirlas en una nueva carretera para las máquinas.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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