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Cada cierto tiempo aparecen artículos y vídeos que anuncian la muerte inminente del smartphone. El mensaje suele ser siempre parecido: pronto dejaremos de llevar un teléfono en el bolsillo porque unas gafas inteligentes, un reloj, un anillo y algún otro dispositivo conectados entre sí harán todo lo que hoy hacemos con él.
La predicción tiene sentido. Pero, personalmente, creo que estamos confundiendo el posible final del smartphone tal y como lo conocemos con la desaparición del dispositivo móvil personal. Y no es exactamente lo mismo.
La pantalla ha sido la gran protagonista. Durante décadas hemos aprendido a relacionarnos con la tecnología mirando una pantalla. Ordenadores, tabletas, televisores y, sobre todo, smartphones han convertido el display en la puerta de entrada al mundo digital. Es una solución extraordinariamente cómoda, pero tiene un inconveniente evidente: nos obliga a mirar.
La inteligencia artificial está empezando a cambiar esta relación. Podemos hablar con una máquina, hacerle preguntas, pedirle que busque información, que resuma un documento, que gestione una tarea o incluso que actúe por nosotros. La pantalla puede dejar de ser imprescindible.
De ahí nace la idea de unas futuras gafas inteligentes capaces de mostrarnos información directamente delante de los ojos, mientras escuchamos las respuestas mediante audio. También podemos imaginar relojes, anillos, auriculares y otros pequeños dispositivos trabajando conjuntamente. El teléfono, aparentemente, sobraría.
Pero hay un problema: la física. Y ahí es donde tengo mis dudas. Todos esos dispositivos tienen algo en común: son pequeños. Y ser pequeño es estupendo para llevarlos encima, pero no tanto para almacenar energía o incorporar una buena capacidad de procesamiento. Una gafa necesita ser ligera. Un anillo tiene que ser diminuto. Un auricular debe caber en el oído. Un reloj tampoco dispone de demasiado espacio.
La inteligencia artificial necesita procesadores potentes, memoria y energía. Por eso resulta muy interesante la evolución hacia la IA en el dispositivo, capaz de ejecutar modelos directamente sin enviar cada petición a la nube.

Ya estamos viendo esta tendencia en smartphones y ordenadores. Pero hacer todo eso dentro de unas gafas o un anillo sigue siendo mucho más complicado. Quizá no desaparezca el smartphone: cambiará de forma. Por eso imagino un escenario diferente.
En lugar de que cada dispositivo tenga que hacerlo todo, podríamos tener una especie de “cajita personal” que nos acompañe permanentemente. No tendría por qué parecerse a un teléfono. Incluso podría no tener pantalla.
Sería un pequeño ordenador personal con una batería relativamente grande, mucha capacidad de cálculo y una inteligencia artificial capaz de conocer nuestras preferencias, recordar nuestras conversaciones y gestionar buena parte de nuestra vida digital, manteniendo una cierta privacidad de nuestros datos.
Las gafas, el reloj, los auriculares o cualquier otro dispositivo serían simplemente interfaces conectadas a esa cajita. La potencia estaría en el bolsillo. La interacción, en todas partes. Y eso cambia bastante las cosas. La gran batalla será por controlar esa cajita.
Aquí aparece la verdadera dimensión del asunto. Llevar encima un dispositivo que conoce nuestros hábitos, nuestras conversaciones, nuestros documentos, nuestras relaciones y buena parte de nuestra vida sería extraordinariamente poderoso. También sería un negocio gigantesco.
Hoy se venden cientos de millones de smartphones cada año. Aunque el mercado ya no crece como lo hacía hace una década, sigue teniendo una dimensión enorme y mueve cantidades de dinero difíciles de imaginar. Por eso resulta difícil pensar que los grandes fabricantes vayan a contemplar tranquilamente cómo ese negocio desaparece.
Apple, Google, OpenAi, Meta, Nvidia, Qualcomm y muchas otras compañías están desarrollando piezas diferentes de este futuro: procesadores especializados, inteligencia artificial local, gafas, asistentes, sistemas operativos y nuevas formas de interacción. Y es muy probable que otras empresas estén trabajando en productos que todavía no conocemos.
Porque la inteligencia artificial lo cambia todo. La gran revolución no consiste realmente en quitarle la pantalla al teléfono. Consiste más bien en cambiar nuestra relación con la informática. Hasta ahora nosotros hemos tenido que aprender a utilizar las máquinas: abrir aplicaciones, buscar menús, escribir instrucciones y pulsar botones.
Con la IA ocurre algo diferente. Podemos empezar a explicar lo que queremos y dejar que la máquina decida cómo conseguirlo. Eso permite imaginar un futuro en el que el dispositivo móvil personal sea menos visible, pero mucho más importante.
Quizá llevemos unas gafas. Quizá un reloj. Quizá un auricular. O quizá algo completamente diferente que todavía no existe. Pero detrás de todos ellos podría haber una misma inteligencia personal, siempre disponible y cada vez más capaz de actuar por nosotros.
¿El smartphone está muerto? No tan rápido. Es posible que dentro de unos años miremos un smartphone actual y nos parezca tan limitado como hoy nos parece un ordenador de hace veinte años. Pero eso no significa necesariamente que desaparezca el dispositivo que llevamos con nosotros.
Puede que desaparezca el teléfono como objeto, pero permanezca su función. Y quizá ni siquiera necesitemos llamarlo smartphone. Podríamos terminar hablando simplemente de nuestro dispositivo móvil personal: una pequeña máquina con enorme capacidad de cálculo, conectada con todo lo que llevamos encima y con el mundo que nos rodea.
La pantalla podría desaparecer. El smartphone, tal y como lo conocemos, quizá también. Pero la idea de llevar nuestra vida digital con nosotros probablemente tenga todavía muchos años por delante.
La verdadera batalla no será por fabricar el próximo teléfono. Será por conseguir que esa pequeña caja se convierta en el centro de nuestra vida digital. Y, cuando descubramos quién consigue controlarla, probablemente sepamos también quién ha ganado la próxima gran batalla tecnológica.
Es cuestión de algo más de tiempo.