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Cada semana llegan imágenes de drones en acción: en Ucrania, en Irán, en decenas de conflictos repartidos por el mundo. Casi siempre el protagonismo se lo lleva el momento de impacto, la explosión, el blanco destruido. Pero detrás de cada ataque hay horas, a veces días, de un trabajo mucho menos vistoso: la inteligencia.

La cara silenciosa de los drones: vigilancia e inteligencia. Antes de que un dron de combate actúe, alguien tiene que saber dónde mirar. Esa función la cumplen otros drones, mucho más discretos, diseñados no para destruir sino para observar. Vuelan sobre líneas enemigas, identifican movimientos, localizan posiciones y envían toda esa información a un centro de control en tiempo real.

Es la parte del conflicto que casi nunca aparece en un titular, aunque sea la que sostiene todo lo demás. Son pequeños, pero decisivos, porque para tareas de vigilancia no se necesitan gigantes. De hecho, suele ser al revés. Muchos de estos dispositivos pesan menos de 500 gramos y pueden mantenerse en el aire hasta una hora, captando datos sin poner en riesgo a ninguna persona.

Cuanto más pequeño es un dron, más difícil resulta detectarlo. Algunos modelos pesan apenas unos gramos, aunque a cambio reducen su alcance. Es un equilibrio constante entre discreción y capacidad, y la inteligencia artificial está empujando ese límite cada vez más lejos, permitiendo que estos aparatos vuelen de forma autónoma y reconozcan objetivos por sí mismos.

Ucrania, es el país que cambió las reglas. Pocos imaginaban hace unos años que Ucrania se convertiría en una referencia mundial en el desarrollo de drones. Gracias a una producción propia masiva y a una adaptación constante en el campo de batalla, el país ha logrado resistir frente a un adversario con muchos más recursos. Hoy es uno de los principales fabricantes e innovadores de tecnología de drones del planeta.

Un buen ejemplo de hasta dónde llega esta carrera tecnológica en este campo es Black Recon, el nuevo microdron presentado por Teledyne FLIR Defense. Pesa menos de 450 gramos, puede volar hasta 60 minutos y alcanza velocidades de unos 90 km/h.

Funciona de manera prácticamente autónoma, opera de día y de noche gracias a su visión térmica, y puede prescindir de la señal GPS para evitar ser interceptado o engañado. El sistema completo incluye hasta tres unidades: mientras una está en el aire explorando, otra puede estar recargándose en su base, lista para el siguiente vuelo.

Se puede ver un vídeo en: https://www.youtube.com/watch?v=iL4fxqAk_08

Existen muchos otros sistemas similares, menos conocidos para el público general pero perfectamente identificados por quienes trabajan en el sector de la defensa. La carrera por la miniaturización y la autonomía no para de acelerarse.

Como ha pasado tantas veces, la tecnología militar termina encontrando aplicaciones civiles. El GPS es el ejemplo más conocido, y todo apunta a que los avances actuales en drones autónomos seguirán ese mismo camino, llegando a la agricultura, la logística o la gestión de emergencias.

La tecnología, al final, se desarrolla primero donde más se necesita. Y aunque no existe nada más valioso que salvar vidas humanas, las guerras se dedican precisamente a lo contrario. Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.

Como ingeniero, esta evolución tecnológica me resulta fascinante. Como persona, no puedo dejar de pensar que los conflictos armados siguen demostrando lo mismo de siempre: que el ego y el interés particular se siguen poniendo por encima del bienestar colectivo. Miles de años de historia y, en el fondo, todavía no hemos aprendido la lección.

Qué pena !!

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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