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Hace apenas una década, Uber soñaba con desarrollar sus propios coches autónomos. Corría el año 2016 cuando la compañía destinó miles de millones de dólares a crear una tecnología que prometía revolucionar el transporte. Sin embargo, los problemas técnicos, varios accidentes durante las pruebas y el enorme coste del proyecto acabaron obligando a la empresa a cambiar de rumbo.

Lejos de abandonar el sector, Uber tomó una decisión mucho más pragmática: dejar de fabricar la tecnología y convertirse en la mejor plataforma para que otros la utilicen. Y, visto lo que está sucediendo, parece una estrategia muy inteligente.

Desarrollar un vehículo totalmente autónomo es una de las tareas tecnológicas más complejas que existen en la actualidad. Requiere enormes inversiones, años de desarrollo, millones de kilómetros de pruebas y superar exigentes procesos regulatorios. Uber lo sabe perfectamente porque ya recorrió ese camino y comprobó de primera mano lo difícil que resulta.

Por eso decidió centrarse en aquello que mejor sabe hacer: conectar pasajeros con vehículos.

Durante los últimos años, la compañía ha firmado acuerdos con prácticamente todos los grandes desarrolladores de robotaxis del mundo. Entre ellos se encuentran Waymo, Baidu, Lucid, Motional, Pony.ai, WeRide, Volkswagen, Rivian, Nissan, Mercedes-Benz y otras muchas empresas, superando ya la veintena de socios estratégicos. En algunas de estas compañías, además, Uber ha realizado inversiones para participar en su crecimiento.

La filosofía es sencilla: no importa quién construya el mejor coche autónomo, siempre que los usuarios puedan solicitarlo desde la aplicación de Uber. Y ese es precisamente el gran activo de la empresa.

Uber dispone de una de las mayores plataformas de movilidad del planeta, con alrededor de 200 millones de usuarios activos cada mes. Ningún fabricante de vehículos autónomos dispone por sí solo de una base de clientes semejante. Para muchas empresas tecnológicas resulta mucho más eficiente integrarse en la red de Uber que intentar crear desde cero un servicio mundial de transporte.

La estrategia no se limita únicamente a los fabricantes de automóviles. Uber también mantiene una estrecha colaboración con Nvidia, cuyo hardware y plataformas de inteligencia artificial se están convirtiendo en uno de los estándares de referencia para numerosos desarrolladores de conducción autónoma. De esta manera, Uber contribuye a crear un ecosistema donde diferentes empresas pueden compartir una misma infraestructura tecnológica sin depender de un único fabricante.

Naturalmente, el futuro todavía está bastante abierto. Algunas alianzas evolucionarán, otras desaparecerán y surgirán nuevos socios conforme la tecnología madure. De hecho, Uber ya ha modificado algunos acuerdos iniciales mientras incorpora nuevos fabricantes a su plataforma, demostrando una gran flexibilidad para adaptarse a un mercado que cambia con enorme rapidez.

Lo verdaderamente interesante es que Uber ya no necesita acertar qué empresa ganará la carrera tecnológica. Si varios fabricantes consiguen desarrollar robotaxis competitivos, todos ellos pueden convertirse en proveedores de la plataforma.

Es una forma inteligente de diversificar riesgos. Mientras otros compiten por construir el mejor vehículo autónomo, Uber trabaja para convertirse en el gran punto de encuentro entre esos vehículos y millones de viajeros repartidos por todo el mundo.

La apuesta parece sensata y muy pragmática. La empresa permanece en la primera línea de la revolución de la conducción autónoma sin asumir el enorme coste de desarrollar toda la tecnología por sí sola.

Ahora solo queda esperar a que los robotaxis alcancen la madurez comercial. Si ese momento llega en los próximos años, posiblemente Uber habrá conseguido colocarse en una posición privilegiada para liderar la movilidad autónoma del futuro.

El tiempo lo dirá.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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