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Hace poco más de un mes, del 6 al 7 de julio de 2026, se celebró en Ginebra un encuentro histórico: el primer Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA de la ONU. Más de 4.000 personas de gobiernos, empresas y sociedad civil se sentaron a hablar de algo que nos afecta a todos, aunque muy pocos hayan tenido voz hasta ahora: cómo controlar el desarrollo de la inteligencia artificial.

No es la primera vez que la ONU lo intenta. Antonio Guterres lleva advirtiendo desde hace años sobre los riesgos de una IA sin reglas. Esta vez, sin embargo, el encuentro tuvo algo distinto: por primera vez, los 193 países miembros se sentaron juntos específicamente para hablar de esto.

En su discurso de apertura, Guterres fue contundente. Describió el avance de la IA como un experimento que se está ejecutando sobre nuestras sociedades sin plan y sin consentimiento. Y añadió una frase que resume bien el problema de fondo: las máquinas pueden informar, pero deben ser las personas quienes decidan y respondan.

El diagnóstico es preocupante. El desarrollo de la IA más avanzada se concentra en un puñado de empresas y apenas un par de países, mientras la mayoría del planeta apenas puede opinar sobre una tecnología que va a condicionar su futuro inmediato. Es, cuanto menos, una situación muy desequilibrada.

Para intentar corregirlo, Guterres anunció que presentará a la Asamblea General su propuesta de un Fondo Global para la IA, destinado a financiar formación, datos y capacidad de computación asequible en todo el mundo. El objetivo es evitar que se abra una brecha aún mayor entre países que ya dominan la tecnología y los que se quedan atrás.

  También se habló, una vez más, de los sistemas de armas autónomas letales: los llamados «robots asesinos», capaces de decidir por sí mismos si matan o no a una persona. Guterres los calificó de moralmente repugnantes y reclamó que sean prohibidos por el derecho internacional. Ya lo pidió en años anteriores. Veremos si esta vez hay avances reales.

Se produjo una coincidencia con otra voz global. Resulta significativo que, hace apenas un par de meses, el Papa dedicara una encíclica a reflexionar sobre los riesgos éticos de la inteligencia artificial. Dos instituciones muy distintas, la ONU y el Vaticano, coinciden en un mismo mensaje de fondo: la convivencia y el desarrollo compartido de la humanidad deben pesar más que el beneficio económico o el poder a corto plazo de unos pocos.

Tengo que reconocer que sinceramente, cuesta ser optimista. Llevamos años de advertencias, cumbres y declaraciones de intenciones, y los resultados prácticos siguen siendo escasos frente a la velocidad con la que avanza la tecnología. El propio Diálogo de Ginebra no tiene poder vinculante: su fuerza está en fijar normas y coordinar voluntades, no en obligar a nadie.

Aun así, que 193 países se hayan sentado a la misma mesa es, como mínimo, un primer paso necesario. El próximo capítulo se escribirá en Nueva York, en 2027. Ojalá me equivoque en mi escepticismo, y esta vez las palabras se conviertan en hechos.

El tiempo lo dirá.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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