A comienzos de este año se publicó un dato que dice mucho más de lo que parece: en Noruega, el 95,9 % de los coches vendidos en 2025 fueron eléctricos. En cifras absolutas, hablamos de 179.549 vehículos, casi todos sin tubo de escape. No es una promesa de futuro ni un experimento piloto: es una realidad cotidiana.

Lo más llamativo es que Noruega no es un país pobre en energía fósil. Al contrario, dispone de pozos de petróleo y gas que han financiado buena parte de su bienestar. Y aun así, tiene muy claro que el futuro de la movilidad no pasa por quemar gasolina, sino por electrificar el transporte cuanto antes.

Este resultado no ha llegado por casualidad. Desde hace años, el gobierno noruego ha aplicado una política constante y previsible: subvenciones a la compra de coches eléctricos, exenciones fiscales, peajes reducidos, aparcamiento preferente y una red de recarga extensa y fiable.

El mensaje para el ciudadano ha sido claro y sostenido en el tiempo: si eliges un coche eléctrico, todo será más fácil y más barato.

Así se cambia un mercado. No con discursos, sino con incentivos bien diseñados y mantenidos en el tiempo.

Noruega ha alcanzado el objetivo de electrificar su parque móvil casi una década antes de lo que se había planteado la Unión Europea. Es cierto que es un país pequeño y que no fabrica coches, lo que reduce la presión de los grandes fabricantes. Pero eso no invalida la lección principal: cuando un gobierno tiene una visión clara, el cambio ocurre.

Para mí, junto con China, Noruega es el mejor ejemplo de que los grandes saltos tecnológicos llegan de la mano de políticas públicas decididas.

Y mientras el resto duda, China acelera. 

En efecto, China no solo lidera la transición eléctrica, sino que domina la industria global del coche eléctrico. En 2025, BYD fue el mayor fabricante mundial, con más de 2,2 millones de vehículos eléctricos vendidos.

Y no se queda en casa. BYD ya fabrica en Tailandia, está arrancando producción en Brasil en antiguas plantas de Ford, construye una gran fábrica en Hungría que entrará en funcionamiento en 2026 y tiene acuerdos avanzados en Turquía, entre otros países.  

Ahora ya no solo venden coches: exportan industria, tecnología y empleo.

Solo como dato, en el año 2025 en China se fabricaron más de 15 millones de coches con dominio total de las marcas chinas, de los cuales el 55% fue eléctrico. Más que el resto del mundo junto.

A nivel de exportación vendieron 2,3 millones de coches eléctricos, con un crecimiento del 100% respecto del año anterior, a pesar de los aranceles en Europa y USA.

Europa, mientras tanto, parece adormecida, alargando artificialmente la vida del motor de combustión como si eso fuese una solución. No lo es. Es solo una forma de retrasar lo inevitable.

Estados Unidos, con aranceles y barreras, logrará que sus coches sean más caros, pero no detendrá la competencia asiática. El mercado global seguirá avanzando hacia el vehículo eléctrico, con mejores baterías y precios cada vez más bajos.

El precio de no decidir será muy caro. Dentro de unos pocos años llegarán los lamentos. Y como casi siempre, los errores los pagarán los trabajadores, no quienes tomaron las decisiones equivocadas. Las industrias que no se adapten desaparecerán o se reducirán drásticamente.

La transición eléctrica no es ideológica. Es tecnológica, económica y estratégica.

Noruega lo entendió a tiempo. Otros aún están pensando si merece la pena.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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