Cuando hablamos de coches eléctricos solemos pensar en autonomía, puntos de carga o diseño. Pero hay un elemento que lo condiciona todo y que explica por qué esta tecnología aún no ha conquistado definitivamente el mercado: la batería.

Hoy, la batería representa aproximadamente el 40 % del coste total de un coche eléctrico. Dicho de forma sencilla: si la batería es cara, el coche también lo será. Por eso, la verdadera revolución del vehículo eléctrico no está en el motor ni en el software, sino en cómo se fabrican y abaratan las baterías.

Este es un reto global con muchos actores. En todo el mundo hay cientos de empresas, laboratorios y centros de investigación intentando mejorar las baterías: más baratas, más duraderas, más seguras y con mayor densidad energética.

Los expertos coinciden en un dato clave:

. el 70 % del coste de una batería corresponde a los materiales

. el 30 % al proceso de fabricación

Esto explica por qué se investiga tanto en nuevas químicas y en optimizar cómo se producen. Existen muchas combinaciones posibles de materiales para almacenar energía, y en laboratorio se logran resultados espectaculares. El problema aparece cuando hay que pasar del prototipo a la producción en masa, garantizando millones de baterías que funcionen durante años sin fallos. En ese salto, muchos proyectos se quedan por el camino.

Según numerosos analistas del sector, el coche eléctrico será un éxito definitivo cuando cumpla dos condiciones básicas:

. un precio de venta entre 20.000 y 25.000 dólares,

. una autonomía cercana a 400 millas (unos 640 km).

Hoy, estos números solo se alcanzan con fuertes subvenciones públicas. Y aunque los precios bajan año tras año, todavía estamos lejos del punto en el que el coche eléctrico se venda “solo”, sin ayudas.

La clave para llegar ahí es clara: abaratar las baterías.

Además de investigar nuevas químicas —como las baterías LFP u otras que están por llegar—, hay un enorme esfuerzo en mejorar el proceso de fabricación.

Aquí entra en juego una tecnología llamada recubrimiento seco de electrodos (Dry Electrode Coating), considerada por muchos como el “santo grial” de la producción de baterías.

Sus ventajas son en teoría muy grandes:

. elimina el uso de disolventes tóxicos

. prescinde de hornos de secado gigantes de hasta 100 metros

. reduce el consumo energético en torno al 50 %

. disminuye el espacio necesario en fábrica hasta un 70 %

Menos energía, menos instalaciones y menos complejidad se traducen directamente en baterías más baratas.

Empresas como Tesla, Volkswagen/PowerCo, LG Energy y muchas otras anuncian constantemente nuevas generaciones de baterías más eficientes y económicas. Sin embargo, la historia demuestra que llevar una innovación al mercado siempre lleva más tiempo del previsto.

No es una cuestión de falta de voluntad, sino de complejidad técnica. Escalar procesos industriales a millones de unidades sin perder calidad es uno de los mayores desafíos de la ingeniería moderna.

Todo apunta a que la igualdad de costes entre coches eléctricos y de combustión no está tan lejos como parecía hace unos años. Cuando llegue ese momento, el mercado cambiará de forma radical.

La gran incógnita es quién liderará esa transición. Estados Unidos y Europa tienen grandes empresas y conocimiento, pero China juega con una ventaja clave: controla buena parte de la cadena de suministro de materiales y avanza muy rápido en industrialización.

Como tantas veces en tecnología, el tiempo será el juez final. Pero una cosa es segura: la revolución de las baterías ya está en marcha, y cuando madure, cambiará para siempre la forma en que nos movemos.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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