Durante años hemos escuchado que la privacidad estaba en riesgo por culpa de las redes sociales, la publicidad digital o los teléfonos móviles. Pero lo que está ocurriendo ahora con la inteligencia artificial —y especialmente con los chatbots de compañía— sitúa la privacidad en un punto completamente nuevo. Mucho más delicado. Mucho más personal.

Los chatbots de compañía han sido diseñados para conversar como un amigo cercano: escuchan, recuerdan y devuelven respuestas que refuerzan la conexión emocional. Es su función principal. Cuanto más íntima es la conversación, más aprende el sistema. Y cuanto más aprende, más fácil le resulta mantener al usuario enganchado.

Para millones de personas esto es cómodo, práctico, incluso reconfortante. Pero desde el punto de vista de la privacidad, el mecanismo es inquietante. Porque esa confianza no se deposita en un amigo humano, sino en una empresa con un interés claro: recopilar datos para mejorar productos, entrenar modelos y, en muchos casos, alimentar negocios basados en publicidad y segmentación.

Cuando alguien comparte con un chatbot sus preocupaciones, sus hábitos, sus relaciones o sus emociones, ese contenido no queda en una “charla íntima”. Forma parte de un sistema que registra, analiza y a menudo almacena información extremadamente sensible. Y si lo multiplicamos por millones de usuarios, esa información deja de ser individual: se convierte en un tesoro estadístico y comercial.

Para una empresa tecnológica, conocer en profundidad a sus usuarios es una ventaja competitiva enorme. Saber qué sienten, qué temen, qué desean y qué necesitan permite orientarles hacia productos, servicios o recomendaciones con una precisión que hace unos años era ciencia ficción. No hace falta ser malicioso para imaginar qué puede ocurrir cuando esa información se usa con demasiada libertad, o cuando cae en manos equivocadas.

El problema no es solo tecnológico. Es cultural. Hemos normalizado compartirlo todo con dispositivos que nunca olvidan. Hemos aprendido a confiar sin hacernos demasiadas preguntas. Y muchos asumen que “ya no hay nada que hacer”, como si la privacidad fuera un lujo del pasado.

Pero la privacidad no desaparece de golpe: se erosiona. Primero dejamos de cuestionar qué datos cedemos. Después, dejamos de preguntarnos para qué se usan. Y finalmente dejamos de pensar en ello. En ese punto, la pérdida ya es total.

Quizá por eso sorprende lo poco que preocupa este tema. Los chatbots de compañía no son un riesgo futurista: ya están aquí, creciendo en número y en alcance, y acumulando información que antes solo compartíamos con nuestros círculos más cercanos.

No se trata de rechazar la tecnología. La IA es útil, potente y transformadora. Pero sí conviene recordar que la comodidad siempre tiene un coste, y en este caso el precio puede ser nuestra propia intimidad.

La pregunta clave es sencilla:

¿Dónde trazamos la línea entre lo que hacemos por comodidad y lo que renunciamos sin darnos cuenta?

¿ Y tú que piensas querido amigo ?

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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