Resulta difícil de entender, si no es desde la óptica de los intereses económicos, la oposición frontal de Donald Trump a las energías sostenibles. No es solo una cuestión ideológica: sus decisiones están teniendo un impacto económico, ambiental y estratégico muy negativo para Estados Unidos. Y como dice el refrán, no hay mayor ciego que quien no quiere ver.
Desde su regreso al poder, Trump ha hecho todo lo posible por frenar, retrasar o anular proyectos de energía renovable aprobados durante la administración de Joe Biden. Muchos de esos proyectos ya estaban en marcha, con miles de millones de dólares comprometidos y miles de empleos asociados. Pararlos no es gratis: implica indemnizaciones, inseguridad jurídica y pérdida de confianza de los inversores.
Uno de los argumentos más repetidos por la administración Trump es que ciertos proyectos de energía solar o eólica ponen en riesgo la seguridad nacional. Un argumento llamativo, teniendo en cuenta que esos mismos proyectos fueron evaluados y aprobados previamente por organismos federales sin detectar amenazas reales.
La sensación es clara: se utiliza la seguridad nacional como coartada política para bloquear iniciativas que chocan con los intereses de determinados grupos de presión, especialmente los ligados a los combustibles fósiles.
Trump también ha afirmado públicamente que las energías renovables son más caras. Este argumento hoy no lo sostiene nadie.
Según datos internacionales ampliamente aceptados, la energía solar y la eólica son las más baratas de producir en la mayoría de los países del mundo. Precisamente por eso se están instalando a gran velocidad en Europa, Asia y América Latina.
Estados Unidos, paradójicamente, corre el riesgo de convertirse en una excepción, no por falta de tecnología o recursos, sino por decisiones políticas.

Las consecuencias de este retraso no afectan a todos de la misma manera. Los ciudadanos con menos recursos serán los más perjudicados: energía más cara, más contaminación y mayor vulnerabilidad ante fenómenos climáticos extremos.
Los ricos, como siempre, están protegidos. Si la energía sube, pueden pagarla. Si el clima se vuelve insoportable, pueden mudarse. El dinero es un excelente colchón frente a la adversidad. Pero ese colchón no existe para la mayoría.
Quizás el aspecto más preocupante es el desfase estratégico que se está creando frente a China. Mientras Estados Unidos frena proyectos renovables, China lidera una auténtica revolución energética: domina la fabricación de paneles solares, baterías, redes eléctricas inteligentes y vehículos eléctricos.
Cada año que pasa, la distancia aumenta. Y cuando Estados Unidos quiera reaccionar, puede que llegue tarde.
No es ignorancia, son intereses. No creo que Trump ni su entorno sean ingenuos o incapaces de entender lo que está en juego. Sencillamente, sus intereses económicos están por encima del interés general. Así de simple.
Las decisiones energéticas que hoy se toman marcarán el futuro de Estados Unidos durante décadas. Esta parte de la historia, sin duda, será analizada con más perspectiva dentro de unos años. Y probablemente no dejará en buen lugar a quienes decidieron mirar hacia otro lado.
Pero así es la vida.