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Con el comienzo de este nuevo 2026 han vuelto a escucharse voces críticas sobre el impacto real de la inteligencia artificial (IA) en la economía. Una de las más comentadas ha sido la del economista jefe de Goldman Sachs, Jan Hatzius, quien en una entrevista reciente afirmó que, pese a las enormes inversiones realizadas, el efecto de la IA en la economía de Estados Unidos ha sido hasta ahora “básicamente cero”.

Se puede ver una parte de la entrevista en:

La declaración no es menor. Hablamos de uno de los analistas más influyentes en macroeconomía global. Y su argumento merece ser entendido con calma.

Durante los últimos años, las grandes tecnológicas han invertido miles de millones en infraestructuras de inteligencia artificial: centros de datos, chips especializados, redes de alto rendimiento y talento altamente cualificado.

Sin embargo, Hatzius apunta a un detalle clave: gran parte del equipamiento de IA se importa desde países como Taiwán o Corea del Sur. Esto significa que, aunque la inversión aumenta en términos contables dentro de EE. UU., también se incrementan las importaciones, lo que reduce las exportaciones netas. En términos de Producto Interior Bruto (PIB), el efecto se compensa.

Dicho de forma sencilla: la inversión en IA puede estar impulsando el PIB de Taiwán —donde se fabrican los semiconductores— más que el de Estados Unidos, donde se instalan.

Históricamente, las grandes revoluciones tecnológicas —electricidad, informática, internet— tardaron años en reflejarse en los datos de productividad. La IA podría estar atravesando esa misma fase.

Goldman Sachs estima que los beneficios macroeconómicos tangibles podrían empezar a notarse a partir de 2027, cuando la adopción empresarial sea más profunda y estructural. Es posible.

Hoy, muchas compañías experimentan con IA. Pocas la han integrado de forma que transforme radicalmente sus procesos productivos.

La pregunta clave que se hacen muchos es: ¿estamos ante una revolución productiva en gestación o ante una burbuja tecnológica más?

Otro punto crítico es la rentabilidad de las empresas de inteligencia artificial. Algunas de las compañías más relevantes del sector han quemado enormes cantidades de capital. El caso de OpenAI suele citarse como ejemplo paradigmático.

Se estima que en 2025 la compañía generó ingresos semestrales cercanos a los 4.300 millones de dólares, mientras que sus gastos superaron ampliamente los 8.500 millones, sin contar las inversiones adicionales en infraestructura y desarrollo. Un modelo de negocio que plantea desafíos evidentes.

Sí, es cierto que cientos de millones de personas interactúan con herramientas de IA cada mes. Pero la mayoría lo hacen de forma gratuita. Y quienes pagan, suelen abonar cuotas relativamente bajas, en torno a 20 euros mensuales. Eso dificulta generar márgenes suficientes para sostener los costes masivos en computación, energía y talento especializado.

Conviene separar dos planos:

. Desde el punto de vista tecnológico y social, la IA es una herramienta extraordinaria. Mejora la productividad individual, optimiza procesos, automatiza tareas repetitivas y abre nuevas oportunidades en educación, medicina, ingeniería y creatividad.

. Pero transformar ese potencial en un negocio rentable y sostenible es otra historia. La historia económica está llena de ejemplos donde la innovación precede a la consolidación empresarial. En la burbuja puntocom, muchas empresas desaparecieron, pero internet cambió el mundo.

No sabemos qué compañías liderarán el sector dentro de diez años. Lo que sí parece claro es que el mercado sufrirá ajustes, consolidaciones y posiblemente algunas caídas sonadas.

Tal vez el impacto de la inteligencia artificial no sea “cero”, sino simplemente difícil de medir en esta fase inicial. Muchos beneficios actuales se reflejan en eficiencia interna, reducción de tiempos o mejoras cualitativas que todavía no se traducen claramente en estadísticas macroeconómicas.

Además, el verdadero salto económico podría producirse cuando la IA se combine con robótica avanzada, automatización industrial y nuevos modelos organizativos. Las grandes transformaciones no suelen ser instantáneas.

El debate está abierto. La inteligencia artificial es una de las tecnologías más disruptivas del siglo XXI, pero su impacto económico agregado todavía genera dudas razonables.

Quizá estemos en el período previo a una explosión de productividad. O quizá el mercado esté sobrevalorando sus efectos a corto plazo.

Lo que sí sabemos es que la IA seguirá evolucionando, mejorando y extendiéndose. La cuestión no es si cambiará la economía, sino cuándo y cómo.

Y espero estar aquí para verlo… y comentarlo.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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