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En los últimos meses, muchas empresas han anunciado despidos masivos con un argumento que se repite como un mantra: la inteligencia artificial. Según estos comunicados, la automatización y la adopción de IA han incrementado la productividad y hacen innecesarios determinados puestos de trabajo. El mensaje suena moderno, inevitable y hasta razonable. Pero si rascamos un poco, la historia no es tan nueva.
La realidad es que la IA se ha convertido en una excusa extremadamente conveniente. Sirve tanto para justificar despidos como para contratar nuevos perfiles más baratos, más jóvenes o con competencias diferentes. El discurso apenas cambia de una empresa a otra: “estamos agilizando la estructura organizativa para ser más eficientes y aportar más valor a los inversores”. Traducido sin eufemismos: aumentar beneficios.
Conviene recordar que la IA ha supuesto inversiones multimillonarias. Grandes consultoras y bancos de inversión, como Goldman Sachs, han publicado informes señalando que el impacto real de estas tecnologías en la productividad ha sido, al menos por ahora, bastante limitado en muchas organizaciones. Esto generó dudas hace un par de años, cuando la promesa de la IA no se traducía aún en resultados claros. Curiosamente, esas dudas desaparecen cuando llegan los despidos.
Porque hay algo que sí funciona de manera inmediata: cuando una empresa anuncia recortes de plantilla en nombre de la eficiencia, las acciones suelen subir. Y con ellas, los bonus de muchos directivos. Da igual que la mejora de productividad sea real, futura o simplemente teórica. El mercado premia el mensaje.

No hay que olvidar que las empresas viven en una reorganización constante. Desde mucho antes de la IA, las compañías ajustan estructuras para mantenerse competitivas. Estos procesos generan cambios, y a veces esos cambios implican despidos. El problema no es la reorganización en sí, sino la necesidad de justificarla. Y ahí es donde entran algunos conceptos comodín como la automatización, la digitalización… y ahora, la inteligencia artificial.
La IA tiene una ventaja clave como argumento: se puede aplicar a casi cualquier área de la empresa. Finanzas, marketing, atención al cliente, recursos humanos, desarrollo de producto. Es tan transversal que resulta prácticamente imposible demostrar que no tiene nada que ver con un despido concreto. Es la coartada perfecta.
Ante este escenario, la mejor defensa del trabajador sigue siendo la preparación. Ser eficiente, adaptable y mantener las competencias actualizadas aumenta las opciones de ser reubicado dentro de la empresa o de encontrar un nuevo empleo en menos tiempo. No es una garantía, pero sí una ventaja real.
El problema de fondo no es la IA, sino una visión directiva cortoplacista, centrada únicamente en el resultado económico inmediato. Existen directivos a los que no les importa la desmotivación, la pérdida de talento o el impacto humano de sus decisiones. Y cuando eso ocurre, cualquier excusa es válida.
Es una lástima, pero así funciona el sistema. La inteligencia artificial no es la causa: es solo la disculpa más sofisticada del momento.
Real como la vida misma.