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Las reuniones celebradas en Nueva York a finales de septiembre, coincidiendo con la Asamblea General de Naciones Unidas y la Climate Week, han dejado una sensación agridulce. El diagnóstico sigue siendo preocupante: los avances globales para frenar el cambio climático están siendo demasiado lentos.
El 23 de septiembre, Naciones Unidas reunió a dirigentes políticos, empresas, instituciones financieras y organizaciones sociales para acelerar la acción climática. El mensaje fue claro: no basta con mantener los compromisos; hay que convertirlos en resultados mucho más rápidamente.
Pero, frente a este panorama, también apareció una razón importante para no caer en el pesimismo. En los últimos años se ha producido una auténtica revolución tecnológica en tres áreas fundamentales: energía solar, energía eólica y almacenamiento mediante baterías.
Y aquí aparece China como protagonista. El país ha realizado una enorme apuesta industrial por las energías renovables y domina buena parte de las cadenas de producción de paneles solares y baterías. Actualmente concentra alrededor del 85% de la capacidad mundial de fabricación relacionada con la cadena solar y cerca del 80% de la de baterías de ion-litio.
Esta enorme capacidad de fabricación ha contribuido decisivamente a reducir los costes. La producción masiva de paneles solares en China ha hecho que la energía fotovoltaica sea hoy una de las formas más baratas de generar electricidad en numerosos mercados.
Y no se trata únicamente de fabricar para exportar. Una parte muy importante de esa producción se instala dentro del propio país. De hecho, alrededor del 40% del crecimiento de la producción solar china durante la última década se destinó a mercados exteriores.
Los resultados empiezan también a reflejarse en sus emisiones. La Agencia Internacional de la Energía estima que las emisiones de China disminuyeron alrededor de un 0,5% en 2025, impulsadas, entre otros factores, por el crecimiento de las energías renovables y la reducción del uso del carbón en la generación eléctrica.
Por eso, una de las ideas que han cobrado fuerza en Nueva York es conseguir que la energía solar barata sea accesible para todos antes de que termine esta década. Es un objetivo ambicioso, pero tiene una ventaja evidente: el sol no pertenece a ningún país. Todos vivimos bajo el mismo sol.
El problema es que todavía existe mucha gente que piensa que el calentamiento global no está ocurriendo o que sus consecuencias están exageradas. Explicar mejor la realidad climática y, sobre todo, mostrar que existen soluciones tecnológicas económicamente viables debería ser una prioridad.
No podemos permitirnos abandonar. Cada año perdido hace más difícil la tarea, pero la revolución energética que ya está en marcha demuestra algo fundamental: todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo, aunque cada vez tenemos menos margen para hacerlo.