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Hay noticias que, de tanto repetirse, corren el riesgo de dejar de sorprendernos. Una de ellas es que cada año batimos nuevos récords de temperatura. Pero quizá deberíamos detenernos un momento y preguntarnos: ¿hasta cuándo vamos a seguir actuando como si esto no fuera con nosotros?

Los datos de agosto de 2026 son difíciles de ignorar. Según Copernicus, fue el mes más cálido jamás registrado, empatado con julio de 2023. La temperatura media global alcanzó 16,96 °C, unos 1,65 °C por encima del nivel preindustrial. Además, el verano de 2026 fue el más cálido registrado en Europa occidental.

Conviene hacer una precisión: superar 1,5 °C durante un mes no significa que el objetivo del Acuerdo de París haya quedado jurídicamente incumplido. Ese límite se refiere al calentamiento global a largo plazo. Pero que un mes alcance 1,65 °C es, sin duda, otra señal de hasta dónde está llegando el calentamiento del planeta.

Y las consecuencias ya no son algo abstracto que ocurrirá dentro de cincuenta años. Simon Stiell, secretario ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, advertía recientemente ante el Parlamento Europeo de que el calor extremo de este verano ha provocado decenas de miles de muertes en Europa, además de daños en infraestructuras, empresas, transporte y producción agrícola. Una estimación citada por Stiell sitúa el coste económico de los fenómenos extremos del verano europeo en unos 180.000 millones de euros, incluyendo pérdidas de productividad y perturbaciones en alimentación, energía y transporte.

Y hay una consecuencia que todos podemos entender fácilmente: la cesta de la compra. Cuando una ola de calor, una sequía o unas lluvias extremas reducen las cosechas, la producción disminuye. Si además aumenta el coste de la energía, del transporte o del agua, el resultado termina llegando al consumidor. No hace falta ser climatólogo para comprobarlo: basta con mirar periódicamente el precio de los alimentos. Y eso yo lo compruebo cuando hago la compra.

El Mediterráneo tampoco es ajeno a este proceso. Este verano se han registrado temperaturas superficiales excepcionalmente elevadas. En la bahía de Pollença ( Mallorca ), por ejemplo, el agua superó los 30 °C y llegó a alcanzar los 32 °C. Temperaturas similares a algunas zonas del Caribe.

Un Mediterráneo más caliente no significa necesariamente que vaya a haber más tormentas, pero sí puede proporcionar más energía y humedad a determinados episodios, haciendo que algunos fenómenos extremos sean potencialmente más intensos.

Lo más preocupante es que no estamos ante un episodio aislado. El calentamiento de la atmósfera y de los océanos continúa. En agosto, la temperatura media de la superficie de los océanos fuera de las regiones polares alcanzó también un récord para ese mes.

Y aquí aparece una cuestión que debería preocuparnos a todos: el cambio climático no tiene ideología. El calor no pregunta a quién votamos. La sequía tampoco. Una inundación no distingue entre una empresa de izquierdas y otra de derechas. Y cuando sube el precio de los alimentos, la factura nos afecta a todos.

Por eso resulta difícil entender que el cambio climático se haya convertido en algunos países en una especie de batalla partidista. Podemos discutir sobre la velocidad de la transición energética, sobre sus costes, sobre las tecnologías más adecuadas o sobre cómo repartir los esfuerzos. Eso es perfectamente legítimo.

Lo que resulta mucho más difícil de justificar es ignorar los datos. Porque adaptarnos a un planeta más cálido tendrá un coste. Reducir las emisiones también lo tiene. Pero cada vez resulta más evidente que no hacer nada tampoco es gratis, y que nos resultará muy caro.

Y quizá sea precisamente ahí donde deberíamos centrar la conversación: no en si el cambio climático existe, que si existe, sino en cuánto nos va a costar no tomárnoslo en serio.

El termómetro ya está hablando. Quizá deberíamos empezar a escuchar.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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