En una conversación reciente con unos amigos surgió un tema cada vez más habitual: el control sobre nuestros movimientos y nuestra vida cotidiana. Dónde estamos, por dónde nos movemos, qué hacemos, qué decimos y, en algunos casos, incluso qué pensamos. Las reacciones fueron muy dispares. Algunos mostraban una clara preocupación, rozando la paranoia. Otros, en cambio, no veían ningún problema y consideraban el asunto irrelevante.
Como casi siempre, la realidad está en un punto intermedio. Creo que la privacidad no es total pero tampoco inexistente.
Quienes vivimos en sociedades democráticas con ciertas garantías legales disfrutamos de un nivel razonable de privacidad. Pero conviene no engañarse: no es una privacidad absoluta, ni mucho menos. Gran parte de la información que se recopila sobre nosotros no se obtiene por vigilancia directa del Estado, sino porque la entregamos voluntariamente a través de nuestros dispositivos digitales.
El móvil es el mejor ejemplo. Es una herramienta extraordinaria, pero también el mayor generador de datos personales jamás creado. No hace falta vigilar: ya lo hacemos nosotros solos.
Las autoridades no necesitan seguirnos de cerca. Las empresas ya lo hacen, y de forma mucho más eficiente. Cada vez que usamos una aplicación y aceptamos sus condiciones —normalmente sin leerlas— permitimos el acceso a datos que van mucho más allá de lo estrictamente necesario para que la app funcione.
Ese es, en realidad, el verdadero negocio. Nuestros datos. Existen empresas especializadas, los llamados data brokers, que recopilan información de múltiples fuentes, la cruzan, la analizan y la venden. Hábitos de consumo, localización aproximada, rutinas diarias, intereses, relaciones… todo tiene valor comercial cuando se agrupa a gran escala.

¿Y si desactivo la ubicación? Muchos piensan que basta con apagar el GPS para desaparecer del mapa. Lamentablemente, no es tan simple. Las operadoras de telefonía saben en todo momento a qué antenas se conecta nuestro móvil, lo que permite estimar nuestra posición con bastante precisión.
Además, hay patrones fáciles de detectar. Pasamos la mayor parte del tiempo en dos lugares: nuestra casa y nuestro trabajo. A partir de ahí, los algoritmos deducen desplazamientos, horarios y comportamientos con sorprendente exactitud.
No es ciencia ficción, es análisis de datos. Sin obsesión, pero sin ingenuidad
No se trata de vivir angustiados ni de caer en teorías conspirativas. Pero tampoco conviene ser ingenuos. Dejar un rastro digital constante tiene consecuencias, aunque no siempre seamos conscientes de ellas.
Hay gestos sencillos que ayudan:
. Revisar los permisos de las aplicaciones, y no aceptar accesos innecesarios
. Activar la ubicación solo cuando sea imprescindible
. Limitar el uso del móvil cuando no aporta valor real
El problema no es la tecnología, sino el uso que hacemos de ella. El móvil debería estar a nuestro servicio, no al revés. Usarlo cuando lo necesitamos, no por inercia. Cuanto menos lo usemos sin sentido, menos sabrán de nosotros y menos negocio harán con nuestra información.
Al final, no se trata de prohibiciones ni de miedos, sino de decisiones conscientes.
Que cada cual elija hasta dónde quiere llegar.