En el mundo digital actual, nuestros datos personales se han convertido en el nuevo oro de Internet. Cada clic, cada búsqueda, cada compra en línea deja un rastro que las empresas recopilan, analizan y venden. Y mientras las grandes corporaciones tecnológicas se enriquecen con esta información, la mayoría de los usuarios seguimos entregando ese valor sin recibir nada a cambio.
Porque tus datos valen más de lo que imaginas. Cada vez que compras algo con tarjeta, usas una app o aceptas las cookies de una web, estás generando información valiosísima: dónde estás, qué consumes, cuánto gastas, cuánto tiempo dedicas a mirar una pantalla… Todo eso forma parte del gigantesco mercado de datos personales que mueve muchos miles de millones de dólares cada año.
Lo irónico es que, para muchos usuarios, esos datos no significan nada. Se perciben como un residuo inevitable del uso de Internet. Pero en realidad, son el combustible que alimenta los algoritmos de recomendación, la publicidad personalizada y las estrategias comerciales de las empresas más poderosas del planeta. No es basura digital: es oro digital.
Las apps y servicios digitales que usamos a diario —desde redes sociales hasta aplicaciones de mapas o entretenimiento— se presentan como gratuitos. Sin embargo, el precio real lo pagamos con nuestros datos. Aceptamos sin leer las interminables condiciones de uso y damos permiso para que esa información sea compartida, analizada y monetizada.
Como consecuencia, las grandes tecnológicas (Big Tech) concentran un poder sin precedentes. Saben más de nosotros que muchos gobiernos, y lo utilizan para afinar su maquinaria comercial y publicitaria. Mientras tanto, el ciudadano común sigue fuera del circuito de beneficios, incluso cuando es su propio comportamiento el que genera el valor.
¿Y si pudiéramos cobrar por nuestros datos?

Esta idea no es nueva. Hace más de cinco años, en California se intentó aprobar una ley que obligara a las empresas a pagar por los datos que recopilan. Pero la presión de las grandes corporaciones fue tal que la iniciativa no prosperó. La realidad es que ningún gigante tecnológico está dispuesto a ceder una parte del negocio más rentable de nuestro tiempo.
Sin embargo, hay emprendedores que se atreven a desafiar este modelo. Es el caso del brasileño André Vellozo, fundador de DrumWave, una startup con sede en Palo Alto que propone un enfoque revolucionario: que cada persona sea propietaria de sus datos y pueda monetizarlos de forma justa y transparente.
En su web (https://drumwave.com/about)
explican que los datos deberían funcionar como un activo personal, igual que una cuenta bancaria o una propiedad intelectual.
El planteamiento es simple en teoría: si mis datos generan beneficios, debería recibir una parte de ellos. Pero, en la práctica, es un reto enorme. Habría que crear mecanismos seguros para garantizar la privacidad, definir el valor real de los datos individuales y diseñar sistemas de pago eficientes y globales. La tecnología podría hacerlo posible —con blockchain, inteligencia artificial y plataformas descentralizadas—, pero hace falta voluntad política y ética empresarial.
Hasta ahora, los gobiernos se han mostrado lentos y tímidos a la hora de regular este terreno. Se limitan a legislar sobre protección de datos (como el RGPD europeo), pero no han dado el paso hacia un modelo de reparto del valor. Defender los derechos digitales de los ciudadanos debería incluir el derecho a beneficiarse de los datos que uno mismo genera.
Sin ese respaldo institucional, iniciativas como DrumWave tienen difícil prosperar. Las Big Tech cuentan con recursos, influencia y un ecosistema diseñado para mantener el statu quo. Por eso, aunque el sueño de cobrar por nuestros datos es inspirador, todavía parece lejano.
Aun así, no todo está perdido. La conciencia sobre la economía de los datos está creciendo, y cada vez más usuarios se preguntan a quién pertenece realmente su información. Puede que dentro de unos años existan modelos híbridos donde las personas puedan gestionar su identidad digital y decidir qué datos compartir, con quién y a cambio de qué.
Ojalá llegue el día en que el valor generado por nuestros datos no quede en manos de unos pocos. Ese sería un Internet más justo, más transparente y verdaderamente democrático.
Se puede ver un vídeo en: https://youtu.be/wFLkAlwGayc