Durante generaciones hemos dado por sentado que las estaciones del año eran algo estable y predecible. Veranos largos, sí, pero dentro de unos límites razonables. Sin embargo, la ciencia empieza a decirnos que esa estabilidad está en riesgo. Un estudio publicado en la revista Nature Communications advierte de que, a finales de este siglo, los veranos podrían prolongarse hasta 42 días más de lo que duran hoy.

No se trata de una exageración ni de una predicción catastrofista sin base. Son proyecciones científicas construidas a partir de datos climáticos reales y de cómo están evolucionando las temperaturas debido al calentamiento global.

El alargamiento del verano no viene solo. Si los meses cálidos se extienden, los inviernos se acortan de forma inevitable. Esto supone un cambio profundo en los ciclos naturales que afectan a la agricultura, la disponibilidad de agua, la salud humana y los ecosistemas.

El clima de la Tierra siempre ha cambiado, pero históricamente esos cambios se producían a lo largo de cientos o miles de años. Hoy, en apenas unas décadas, estamos forzando transformaciones que antes requerían siglos. Y cuando el cambio es tan rápido, la capacidad de adaptación de las sociedades y de la naturaleza se reduce drásticamente.

Un verano más largo no significa solo más días de playa. Implica olas de calor más frecuentes, mayor estrés térmico en personas mayores, un aumento del consumo energético para refrigeración y una mayor presión sobre los recursos hídricos.

La agricultura será una de las grandes afectadas. Cultivos adaptados a estaciones más cortas pueden perder productividad, y el riesgo de sequías prolongadas crecerá. Todo ello tendrá un impacto económico y social considerable.

Adaptarse cuesta, prevenir cuesta menos. Reducir los efectos de veranos más largos exigirá planificación urbana, infraestructuras mejor preparadas, sistemas sanitarios resilientes y una transformación profunda del modelo energético. Todo eso es posible, pero será mucho más caro que haber actuado antes para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

La ciencia lo repite con claridad: cuanto más retrasemos las decisiones, mayor será el coste económico y humano. Pero no les hacemos apenas caso.

Si estas proyecciones se cumplen, vamos a dejar una herencia incómoda pues nuestros descendientes vivirán en un mundo con estaciones alteradas y calor persistente. No parece una herencia de la que puedan sentirse especialmente orgullosos.

El cambio climático no es una cuestión ideológica, sino física y estadística. Los datos están sobre la mesa. Ignorarlos no los hace desaparecer.

La pregunta no es si el clima está cambiando, que ya sabemos que sí, sino qué vamos a hacer hoy para evitar que esos 42 días extra de verano se conviertan en la nueva normalidad.

Y esto es cuestión de tiempo.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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