La pregunta puede parecer política, pero la respuesta es puramente estratégica. Al CEO de Nvidia le interesa convencer a cualquier administración estadounidense —incluida una eventual presidencia de Trump— de que vender chips a China beneficia a su negocio y refuerza su posición global. Y cuando hablamos de Nvidia, hablar de negocio es hablar de poder tecnológico.

Es cierto que Nvidia fabrica los chips más avanzados para inteligencia artificial. Pero ese no es su verdadero monopolio. Su mayor fortaleza se llama CUDA, que hoy si es un monopolio. Nvidia no vende solo chips, vende dependencia.

CUDA es una plataforma de software y un modelo de programación creado por Nvidia en 2006. Desde entonces se ha convertido en el estándar de facto para programar aplicaciones de alto rendimiento, IA y aprendizaje profundo. Hoy, millones de desarrolladores en todo el mundo programan directamente pensando en CUDA, no en el hardware.

Eso significa una cosa muy simple: quien compra chips Nvidia, queda atrapado en su ecosistema. Cuantos más chips venda Nvidia a China, más empresas chinas dependerán de CUDA, de sus herramientas, de sus librerías y de su forma de trabajar. Y salir de ahí no es ni rápido ni barato.

La batalla real no es tecnológica, es geopolítica. Lo que se está dirimiendo entre Estados Unidos y China no es solo quién tiene mejores chips, sino quién controla el futuro de la inteligencia artificial. Y eso es poder, en mayúsculas.

China tiene claro que no puede depender eternamente de empresas estadounidenses para desarrollar su IA. Por eso está invirtiendo enormes recursos en crear chips propios, aunque hoy sean menos potentes que los de Nvidia. La estrategia china es clara: independencia primero, rendimiento después.

Desde el punto de vista estadounidense, esto genera fricciones inevitables. Ya ocurrió con Huawei, que fue expulsada del mundo de las comunicaciones y del ecosistema Android, y sufrió un duro golpe en Occidente. Aun así, Huawei no desapareció. Siguió desarrollando su propio sistema operativo, HarmonyOS, y mantiene una posición fuerte en China.

Desde la óptica de Nvidia, bloquear totalmente la venta de chips a China tiene un riesgo evidente: acelerar la independencia tecnológica china.

Si China no puede comprar chips Nvidia, se verá obligada a invertir aún más rápido en alternativas propias, tanto en hardware como en software. Y cuando eso ocurra, Nvidia no solo perderá ventas, sino influencia a largo plazo.

Por eso Jensen Huang, CEO de Nvidia, insiste en que mantener relaciones comerciales —aunque sean limitadas— es una forma de mantener a China dentro del ecosistema Nvidia el mayor tiempo posible. Y por eso solicita al Sr. Trump que les permita vender chips a China

No se trata de altruismo ni de diplomacia. Se trata de estrategia empresarial pura. China piensa a largo plazo, Nvidia también

El gobierno chino sabe que la independencia tecnológica no se logra en dos años. Requiere décadas, inversión masiva y tolerar productos peores al principio. Pero una vez alcanzada, es irreversible.

Nvidia también lo sabe. Y por eso intenta ganar tiempo, fidelizar desarrolladores chinos y mantener CUDA como lenguaje dominante incluso dentro de China.

El resultado final es incierto. Puede que China nunca alcance el nivel de Nvidia. O puede que lo alcance y lo supere. Lo único seguro es que ambos juegan una partida a muy largo plazo.

Y en esa partida, vender chips hoy puede ser más importante que prohibirlos.

El tiempo dirá quién gana.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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