Durante años, el transporte de mercancías por carretera ha sido considerado el último bastión del motor de combustión. Descarbonizar los camiones, esos gigantes devoradores de diésel que mueven la economía global, se veía como una tarea titánica, si no imposible. Pero, como suele ocurrir, mientras el resto del mundo debate, China simplemente lo está haciendo.
La noticia es sorprendente y un punto de inflexión: en el gigante asiático, los camiones diésel están cediendo terreno a sus homólogos eléctricos a una velocidad pasmosa.
Hace tan solo un lustro, la flota de camiones pesados y ligeros en China era casi 100% diésel, sin excepción. Hoy, la realidad ha cambiado dramáticamente. Según datos recientes, en la primera mitad del año 2025, más del 20% de los camiones nuevos vendidos en China eran ya eléctricos.
Esta cifra es solo el principio. Las proyecciones, impulsadas por una fuerte voluntad política, apuntan a que los camiones eléctricos podrían representar cerca del 60% del total de las ventas para el año 2026. Es una transición energética en el transporte pesado que no tiene paralelo en el mundo.

La Receta China: Subvenciones, infraestructura y determinación. El secreto de este sorpasso no es magia, sino una combinación de determinación gubernamental e innovación de infraestructura:
. Apoyo económico directo: Aunque un camión eléctrico es inicialmente más caro (entre 2 y 3 veces el coste de un diésel), las subvenciones gubernamentales masivas están cerrando la brecha de precios y acelerando la adopción por parte de las flotas.
. Infraestructura de recarga ultra-rápida: El Gobierno chino está impulsando agresivamente el despliegue de redes de carga optimizadas para camiones, capaces de reponer energía en cuestión de minutos, no de horas.
. Innovación en baterías: Empresas líderes como CATL no solo mejoran la densidad energética de las baterías, sino que promueven sistemas de cambio rápido de baterías (battery swapping) a lo largo de las principales autopistas. Un camión puede entrar, intercambiar su batería agotada por una cargada en el tiempo que tarda un repostaje, y volver a la ruta.
Los camiones consumen aproximadamente el 30% del combustible utilizado en las carreteras. Esta electrificación masiva tiene un impacto ambiental innegable, acercando a China a sus objetivos de rebajar emisiones.
Pero el beneficio va más allá del clima. Al reducir el consumo de diésel, China disminuye drásticamente su necesidad de importar petróleo, con estimaciones de ahorro de alrededor de un millón de barriles diarios. Esto se traduce en miles de millones de dólares en divisas que permanecen en el país, fortaleciendo su seguridad energética y económica.
Lo que China nos está demostrando es que lo que se consideraba «demasiado difícil» o «lejano» es, en realidad, una cuestión de voluntad política y enfoque estratégico. Están tomando la delantera en una tecnología de futuro, cimentando una ventaja competitiva que les reportará grandes beneficios globales.
El transporte por carretera ya no puede ser visto como el eterno eslabón débil de la transición eléctrica. El tiempo lo dirá, pero la valentía y la determinación china han abierto la puerta, y el resto del mundo podrá seguir su ejemplo o arriesgarse a quedar seriamente rezagado en esta revolución de la movilidad pesada.
Los que no lo hagan quedarán retrasados, y después lamentarse no les servirá de nada.