Hace ya Algo más de diez años que se firmó el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, y visto con la perspectiva que da el tiempo, conviene reconocer que marcó un antes y un después. No porque haya resuelto el problema, sino porque cambió la forma en que el mundo empezó a hablar —y a actuar— frente al calentamiento global.

Antes de París, el cambio climático era un tema técnico, lejano y a menudo incómodo. Tras el acuerdo, pasó a formar parte del debate político, económico y social de forma permanente. Por primera vez, casi todos los países aceptaron un objetivo común: intentar limitar el aumento de la temperatura media global a 1,5 °C respecto a los niveles preindustriales.

Uno de los grandes logros del tratado fue establecer un marco de seguimiento continuo a través de las COP (Conferencias de las Partes). Estas reuniones anuales permiten medir avances, revisar compromisos y presionar —aunque sea de forma imperfecta— a los países más rezagados.

Es cierto que, diez años después, seguimos lejos de los objetivos fijados. También es cierto que algunos gobiernos han puesto más obstáculos que soluciones. Pero sería un error ignorar los avances reales que se han producido desde 2015, que en parte ha sido la revolución silenciosa de las energías renovables

Probablemente el cambio más importante ha llegado por donde menos se esperaba: el precio. Hace diez años, pocos imaginaban que la energía solar y eólica serían hoy más baratas que las fuentes fósiles en buena parte del mundo. Sin embargo, esa es ya una realidad.

La electricidad generada por fuentes renovables ya supera a la producida con carbón, que se encuentra en claro retroceso, pese a la resistencia de algunos países productores. En muchos estados, la generación sostenible supera el 50 % del mix eléctrico, y la tendencia sigue al alza.

Este cambio no ha sido solo tecnológico, sino también económico. La caída del precio de las baterías ha permitido que muchas instalaciones renovables incorporen sistemas de almacenamiento, resolviendo en parte el problema de la intermitencia del sol y el viento. Ejemplos impensables hace una década

Algunos hitos recientes ilustran bien hasta qué punto ha cambiado el panorama. En Australia, por ejemplo, se prevé que en 2026 la energía solar sea tan abundante y barata que durante varias horas del mediodía se ofrezca prácticamente gratis. Esto habría parecido ciencia ficción en 2015.

Todo ello demuestra que el Acuerdo de París no solo impulsó políticas climáticas, sino que activó mercados, innovación y nuevos modelos de negocio ligados a la transición energética.

No hay motivos para el triunfalismo. Queda muchísimo por hacer y el tiempo apremia. Pero tampoco tiene sentido caer en el derrotismo y negar los avances logrados en solo diez años.

El mundo ya ha iniciado un cambio estructural en la forma de producir energía. Los países y empresas que se adapten rápido ganarán competitividad. Los que se retrasen perderán oportunidades, mercado y relevancia.

Como casi siempre, la historia no espera a nadie. El Acuerdo de París fue el punto de partida. El rumbo está marcado. Ahora la velocidad es lo que importa.

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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