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Hasta hace poco, hablar de drones militares autónomos parecía más propio de una película de ciencia ficción. Hoy ya no es así. La combinación de drones, sensores, inteligencia artificial y sistemas de navegación permite que una aeronave no tripulada pueda desplazarse hasta una determinada zona, identificar objetos y tomar decisiones sobre cómo actuar. La guerra de Ucrania está acelerando enormemente este proceso.

Conviene, sin embargo, distinguir entre autonomía de vuelo y autonomía para matar. Un dron puede volar, esquivar obstáculos, localizar una posición o regresar a su base sin intervención humana. Eso no significa necesariamente que decida por sí mismo atacar a una persona. El problema aparece cuando esa última decisión también queda en manos de la máquina.

En los últimos años han aparecido informaciones sobre sistemas utilizados en Ucrania capaces de identificar objetivos y ejecutar determinadas acciones con un grado creciente de autonomía. Algunas informaciones son difíciles de verificar de forma independiente, pero la capacidad tecnológica ya existe y está avanzando rápidamente.

Y aquí comienza el verdadero debate. Imaginemos un dron que recibe la orden de dirigirse a una determinada zona. Una vez allí, sus sensores detectan diferentes objetos. Su software analiza las imágenes, compara lo observado con unos determinados patrones y decide que uno de ellos corresponde a un objetivo militar.

La máquina actúa. Mata a algunas personas y no hay necesariamente una persona mirando en ese instante la imagen y tomando la decisión final. ¿Quién es entonces responsable si se equivoca?

Esta cuestión no es solamente tecnológica. Es jurídica, ética y, sobre todo, profundamente humana.

El derecho internacional humanitario ya establece reglas sobre cómo deben realizarse los ataques y cómo deben protegerse los civiles. Pero no existe actualmente un tratado internacional específico que prohíba de manera general todas las armas autónomas capaces de seleccionar y atacar objetivos. Las Naciones Unidas llevan años intentando avanzar hacia unas reglas comunes, pero las negociaciones continúan sin un acuerdo definitivo, en parte debido a las grandes potencias como USA, Rusia, y otras.

Mientras tanto, aparece una curiosa batalla semántica. Se habla de “control humano significativo”, de “juicio humano adecuado” o de mantener al ser humano dentro del proceso de decisión. Son conceptos importantes, pero también pueden convertirse en una forma de aplazar el problema.

El Comité Internacional de la Cruz Roja ha pedido reglas jurídicamente vinculantes y sostiene que deberían prohibirse los sistemas autónomos utilizados para aplicar fuerza contra personas. En agosto de 2026, además, Naciones Unidas y el CICR volvieron a reclamar urgentemente nuevas normas internacionales ante el riesgo creciente de que las máquinas seleccionen autónomamente a seres humanos como objetivos.

Porque hay una diferencia fundamental. Que una máquina ayude a un soldado a tomar una decisión es una cosa. Que una máquina tome por sí misma la decisión de matar es otra completamente distinta.

En una guerra, un ser humano puede equivocarse, actuar mal o cometer atrocidades. Pero detrás de esa decisión existe una persona que, al menos en principio, puede ser considerada responsable de sus actos.

Con una máquina autónoma aparece un problema nuevo: una decisión de vida o muerte puede quedar repartida entre algoritmos, sensores, datos, programadores y mandos militares. Y quizá ese sea el verdadero peligro.

La tecnología no tiene la culpa. La inteligencia artificial tampoco. La responsabilidad sigue siendo nuestra. El problema es que estamos construyendo máquinas cada vez más capaces de decidir y, al mismo tiempo, seguimos sin ponernos de acuerdo sobre qué decisiones jamás deberíamos delegar.

Para mí, hay una frontera que debería permanecer claramente definida: ninguna máquina debería tener la decisión final sobre la vida de un ser humano.

Porque quizá el mayor peligro de la inteligencia artificial no sea que las máquinas se vuelvan demasiado humanas. Quizá sea que nosotros empecemos a comportarnos como máquinas. Y si no nos comportamos como humanos, ¿qué somos?

Amador Palacios

Por Amador Palacios

Reflexiones de Amador Palacios sobre temas de Actualidad Social y Tecnológica; otras opiniones diferentes a la mía son bienvenidas

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